mercredi 2 décembre 2009

cafard (espagnol)


La Red es una autopista transnacional que hacemos en moto, que de post en post pasa bajo nosotros en total soledad. Los burdeles parecen una camada de conejos sobresaltada por nuestro paseo, desaparecen. Las ciudades son laberintos asépticos. No se precisan las mismas cosas en las leguas cardinales. La noche es constante. El pensamiento de la casa, de la mesa, del lecho nupcial, todo eso lo debe proteger el casco.

El humo de las ballenas y el GPS que no conocieron nuestros padres. Las horas y los sueños son suplantados por el oleaje musical que nos intensifica. Mi mente repite como un mantra "estoy equivocado", para inspirarme humildad y mortificarme. Pero el sacerdote no existe para comulgar. Nunca comulgué desde entonces y sigo bebiendo la ducha de semanas como en la infancia.

La presencia de Nico o de Santa Teresa, que puedo convocar desde su tumba a mis ojos instantáneos, es algo familiar, cercano y como de hace un momento y aquí, en este castillo sobre ruedas, en esta jaula de marfil. Pienso en los elefantes. Pienso mucho en los elefantes. ¿Quién viviese su vida de palacios ambulantes, quién no entraría en fatal dormición con el pulso del elefante, toque triste? En eso me he convertido, en un castillo, en una moto.

Cuando la poesía no recibe la comunión se dice que es enfermedad, que es un cascabel de anticuario, y se guarda en un estuche. Hostia profanada sería la comunión dada al que escribe en la Red poemas, como si se le diese los domingos a una rata, robada antes que disuelta. Esto piensa el que atraviesa la Red, como un Camino de Santiago, pero en el cielo.

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